Espacio de Jesús

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Los sombreros más universales se fabrican en la localidad sevillana de Salteras, famosa por sus carnes a la brasa y por ser el pueblo que vio nacer al torero Manuel Jesús, El Cid. Sin embargo, no es muy conocido que la centenaria fábrica (1885) no sólo produce los conocidos sombreros andaluces de ala ancha o las monteras de la mayoría de los matadores de toros; el fuerte de su negocio son las exportaciones a los cinco continentes y, en concreto, de los modelos para los judíos, de los que acaparan el 60% del mercado mundial (12.500 unidades vendidas en 2006). Miles de fieles hacen sus plegarias frente al Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén, aristócratas y gentes VIP se pasean en las carreras de caballos de Ascott, en Reino Unido, con cientos de sombreros que llevan impreso en la badana made in Sevilla. Los usan el príncipe de Gales, la infanta Elena y, antes, sir Winston Churchill. La gran expansión internacional de la firma Fernández y Roche en el mercado judío ocurrió hace 20 años. Un buen día se presentó en la vieja fábrica de la sevillana calle Castellar Mr. Ehrman, el mayor distribuidor de sombreros norteamericano bajo la firma Kova Quality Hatters. Debía atender a toda la comunidad judía de Estados Unidos y se había quedado sin proveedor. Hasta entonces se abastecía con los tocados de la firma italiana Borsellino, pero la calidad de esta factoría había bajado de nivel. Alertado por las altas prestaciones de la fábrica de la marca Fernández y Roche, decidió convertirla en su nuevo fabricante y así dar paso de forma involuntaria a que un producto salido de manos sevillanas se pasease sobre millones de cabezas del mundo. Corría el decenio de 1980 y el actual director de ISESA (Industrias Sombrereras Españolas S.A., que aglutina a la casa hispalense desde 1930) Miguel García Gutiérrez, 30 años, andaría por su barrio dándole patadas a un balón, sin saber que este estadounidense le estaba abriendo la puerta comercial de los cinco continentes. Ahora trata con clientes de Inglaterra, Francia, Israel, Japón, Estados Unidos o Finlandia, y busca mercados en América del Sur y una mayor presencia en el país nipón. A pesar de su insultante juventud, García se está haciendo duro en el mundo de los negocios y afirma, después de la experiencia, que la comunidad judía «es tremendamente fiel y honrada a la hora de pagar, pero excesivamente dura a la hora de negociar. Muchas veces se salen con la suya, son duros como piedras». Hay que hacerlo todo mucho más que perfecto. El sombrero negro (señal de respeto a Dios para los judíos y rabinos) no puede tener la más mínima variación en el color. En una ocasión, el tinte que se emplea en el proceso de fabricación dio otro tono en el resultado final, «apenas imperceptible para la mayoría de los mortales, pero no les pareció correcto y rechazaron el pedido», recuerda García. Esta comunidad, que es extremadamente rigurosa con su religión, sus hábitos de vida y sus costumbres, también lo es con sus proveedores. Si el ala del sombrero varía unos milímetros, o el peso unos gramos, vuelta a empezar. Los sombreros para judíos y rabinos ortodoxos se clasifican en tres grandes familias: Clergy, Welt Edge y Snap Brim. El primero de ellos lo utilizan los rabinos; el segundo, los judíos en general, y el tercero digamos que es un sombrero parecido al Welt Egde pero con un ala más ancha. A partir de ahí, existe una inmensa ramificación de estas tres categorías en función del peso, talla, forma del casco y anchura de las alas. Los judíos son muy perfeccionistas y en la fábrica de Sevilla han encontrado un potencial de trabajo serio, fino y riguroso, empezando por su director. «Me he tenido que poner las pilas y pasar muchas horas a pie de fábrica con los operarios aprendiendo absolutamente todo. No me había puesto un sombrero en mi vida y lo uso en pocas ocasiones, aunque da un toque de elegancia a quien lo sabe llevar bien», puntualiza este licenciando en la Escuela Superior de Ingenieros de la Universidad de Sevilla. En su fábrica todo se controla al detalle, desde que se desembalan los fajos de pelo hasta que los paquetes se montan en el camión para el envío. Lo primero que hay que hacer es el fieltro del sombrero con el pelo animal. Ahí radica una de las grandes diferencias, el valor añadido de esta empresa frente a otras factorías que compran los fieltros. Y cada sombrero se hace de una pieza, no se parchea absolutamente nada.

Fuente: Magazine El Mundo

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  • jesusmagana76: Muchas gracias José. Es un honor para mí que una persona de tu talla que ha vivido en sus carnes el lado oscuro de la Iglesia Católica se haya mole
  • José Mantero: Muy lúcido análisis. Saludos.
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