Espacio de Jesús

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Cuando la Policía local del municipio de Alcaudete (Jaén) detuvo el pasado viernes a Miguel Mérida, éste portaba una escopeta de cañones recortados que no intentó utilizar y, a buen seguro, un drama íntimo que todavía no ha querido relatar. Afeitado, limpio, sorprendentemente en buen estado general, parecía más un excursionista desorientado que el hombre que un ya lejano 2 de febrero de 1994 abandonó con 36 años una vida apacible en el Jaén rural para ejercer un bandolerismo sui generis, a pequeña escala y sin violencia física, a escasos kilómetros de Baena, su ciudad natal.
Para sobrevivir en la sierra sur jiennense, Miguel Mérida ha utilizado en estos 14 años tácticas de supervivencia más próximas a las de Diego Corrientes que a las de la Ruta Quetzal. Ha conjugado, como pocos desde «El Pernales», los verbos robar y huir en cortijos, casas de campo y también en viviendas de poblaciones diversas, en una zona comprendida entre las citadas localidades de Baena y Alcaudete, a caballo entre las provincias de Córdoba y Jaén, respectivamente. Y si ha tenido éxito es porque ha tirado de manual del bandolero. Para perpetrar sus hurtos, vinculados siempre a la comida, se aliaba con la noche. Para escapar de las fuerzas de seguridad le bastaba su amplio conocimiento del terreno.
Pero Miguel no es un bandolero al uso, sino, en palabras del alcalde de Alcaudete, Francisco Quero, un hombre hambriento que recurría al asalto de cortijos exclusivamente para no enemistarse con el estómago. Los enseres de valor de las moradas que allanaba carecían de importancia para él. Hacer de las suyas en una finca significaba apropiarse del aceite, del pan, de los huevos, e incluso de la leche que ordeñaba a las cabras. Poca cosa, es cierto, pero dado que para acceder a las viviendas destrozaba las puertas, hubo paisanos, como el propio padre del regidor, que las dejaba abiertas para reducir los daños ocasionados por la visita.
Televisión y hasta periódicos Comía pues de lo que robaba, aunque también cazaba con sus armas alguna que otra liebre, especie con la que compartió 5.200 días de soledad. Primero en la cueva «La Tijera», donde la Guardia Civil estuvo a punto de echarle mano -el ladrido de un perro le puso sobre aviso e hizo fracasar la detención- y después en el paraje de Puente Baena. Allí escogió un enclave inaccesible, salvo que medie una escala, para convertirlo en su hogar.
El espacio en cuestión no es la «Villa Favorita» que tiene Tita Cevera en Lugano (Suiza), pero los agentes se quedaron sorprendidos al realizar inventario: una bombona de pequeño tamaño para cocinar, una batería con la que generar energía, una televisión, una radio y, lo que más sorprende al alcalde, un nutrido catálogo de periódicos. «Se ve que es un hombre culto», dice el alcalde Quero, quien también le considera una persona educada y sensible. Baste saber que Miguel Mérida se preocupó en extremo por la impresión que había causado a una niña momentos antes de su detención. «Díganle que no le voy a hacer nada», dice que dijo.
Poco después, tras asegurar que no quería saber nada de su familia, declaró forzosamente con el titular del juzgado de instrucción número 2 de Alcalá la Real, ante quien prestó declaración por los numerosos hurtos que se le imputan. El juez le ha dejado en libertad provisional. La Guardia Civil encontró los objetos robados en los refugios donde presuntamente ha estado viviendo durante los últimos años. Se trata de un falso techo del cortijo abandonado de Pantalones, ubicado a cinco kilómetros del casco urbano de Luque (Córdoba); unas cuevas junto al puente de hierro de la Vía Verde de la Subbética, entre el límite de Luque y Alcaudete, y una de las oquedades de este puente, en una de las columnas, a la que tenía que acceder mediante una precaria escalera hecha de cuerdas.
La familia de Pedro Miguel Mérida denunció su desaparición el 2 de febrero de 1994, día en el que, como cada mañana, acudió a su trabajo en un cortijo cercano al paraje del Puente de Piedra, lugar donde encontraron después su motocicleta y su documentación, pero donde definitivamente se perdía la pista de este hombre, del que no se halló rastro alguno, aunque se llevó a cabo una importante labor de búsqueda y rastreo, tanto en Luque como en Baena. Incluso su hermano llegó a aparecer en el programa de TVE «Quién sabe dónde» para intentar encontrar a Miguel Mérida… Si hubiera sabido que estaba tan cerca.

Fuente:ABC

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  • jesusmagana76: Muchas gracias José. Es un honor para mí que una persona de tu talla que ha vivido en sus carnes el lado oscuro de la Iglesia Católica se haya mole
  • José Mantero: Muy lúcido análisis. Saludos.
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