Espacio de Jesús

Archive for enero 2009

En la Guardia Civil, como en todos sitios, hay siempre ovejas negras. Mientras algunos durante su servicio se juegan la vida diariamente luchando contra el terrorismo, deteniendo a delincuentes, vigilando las carreteras, en definitiva, velando por la seguridad de todos, otros se dedican a pasárselo “pipa” en sus horas de “duro trabajo”. Y como no, tenían que ser de un pueblo andaluz, Punta Umbría, para dar “ejemplo” de responsabilidad y eficiencia en su trabajo.
Las fotografías que han publicado de estos granujas no tienen desperdicio. Aparecen haciendo un botellón con tres jovencitas (una de ellas menor de edad). En la primera salen dos jóvenes sonrientes, una de ellas cubata en mano, en la puerta del coche de la Benemérita, mientras los dos susodichos agentes de la ley sonríen por detrás haciendo pose en el interior del vehículo. En la segunda posan las dos mismas chicas luciendo las boinas reglamentarias de la pareja benemérita, y una de ellas enseña orgullosa como le han puesto las esposas. En la tercera aparece la otra chica con la porra (la de defensa) de uno de los Guardias Civiles en mano simulando una felación. En la cuarta una de las jóvenes lanza un beso hacia la cámara en la puerta del coche mientras los agentes charlan alegremente sentados en el coche. Y en la última una de las muchachas aparece sentada en el asiento del conductor del vehículo agarrada al volante, mientras otra charla en la parte trasera con uno de los guardias.
A este par de granujas no hay que abrirles un expediente, hay que expulsarlos del cuerpo inmediatamente. Son una deshonra y un desprestigio, no ya solo para el Cuerpo Nacional de la Guardia Civil, sino para todas las personas que pertenecen a los distintos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. ¿Se imaginan a un médico haciéndose fotos mientras pasa consulta al lado de una jovencita vestida con su bata blanca y poniéndose el fonendo en el pecho?, ¿O a un Juez haciéndose fotos en su despacho mientras firma sentencias con una joven con su toga puesta y pegándole con el martillo de madera en el trasero?. Estoy casi seguro que estas conductas acarrearían el cese fulminante de su actividad laboral.

No había en aquel pueblo un oficio peor visto y peor pagado que el de portero del prostíbulo… Pero, ¿qué otra cosa podía hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido el portero de ese prostíbulo antes que él, y antes que él, el padre de su padre. Durante décadas, el prostíbulo había pasado de padres a hijos y la portería también.
Un día, el viejo propietario murió y un joven con inquietudes, creativo y emprendedor, se hizo cargo del prostíbulo. El joven decidió modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para darles nuevas instrucciones. Al portero le dijo: -A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, me va a preparar un informe semanal. Allí anotará la cantidad de parejas que entran cada día. A una de cada cinco, les preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará ese informe con los comentarios que usted crea convenientes.
El hombre tembló. Nunca le había faltado predisposición para trabajar, pero…
-Me encantaría satisfacerle, señor -balbuceó-, pero yo… no sé leer ni escribir.
-¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar a que usted aprenda a escribir, por lo tanto…
-Pero, señor, usted no me puede despedir. He trabajado en esto toda mi vida, al igual que mi padre y mi abuelo…
No lo dejó terminar. -Mire, yo lo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le daremos una indemnización, es decir, una cantidad de dinero para que pueda subsistir hasta que encuentre otro trabajo. Así que lo siento. Que tenga suerte.
Y, sin más, dio media vuelta y se fue. El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a su casa, desocupado por primera vez en su vida. ¿Qué podía hacer? Entonces recordó que a veces, en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se estropeaba la pata de un armario, se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisional con un martillo y unos clavos. Pensó que esta podía ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo. Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, y sólo encontró unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa y, para eso, usaría una parte del dinero que había recibido. En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había ninguna ferretería, y que tendría que viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. -¿Qué más da?, -pensó. Y emprendió la marcha.
A su regreso, llevaba una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa; era su vecino.
Venía a preguntarle si no tendría un martillo que prestarme.
-Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar. Como me he quedado sin empleo…
-Bueno, pero yo se lo devolvería mañana muy temprano.
-Está bien.
A la mañana siguiente, tal como había prometido, el vecino llamó a su puerta.
-Mire, todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
-No, yo lo necesito para trabajar y, además, la ferretería está a dos días de mula.
-Hagamos un trato -dijo el vecino. -Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo. Total, usted está sin trabajo. ¿Qué le parece?
Realmente, esto le daba trabajo durante cuatro días… Aceptó.
A su regreso, otro vecino lo esperaba a la puerta de su casa.
-Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
-Sí…
-Yo necesito unas herramientas. Estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje y una pequeña ganancia por cada una de ellas. Ya sabe: no todos disponemos de cuatro días para hacer nuestras compras.
El ex-portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
-No todos disponemos de cuatro días para hacer nuestras compras…, -recordaba.
Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara para traer herramientas. En el siguiente viaje decidió que arriesgaría algo del dinero de la indemnización trayendo más herramientas de las que había vendido. De paso, podría ahorrar tiempo en viajes.
Empezó a correrse la voz por el barrio y muchos vecinos decidieron dejar de viajar para hacer sus compras. Una vez por semana, el ahora vendedor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Pronto se dio cuenta de que si encontraba un lugar donde almacenar las herramientas, podía ahorrar más viajes y ganar más dinero. Así que alquiló un local. Después amplió la entrada del almacén y unas semanas más tarde añadió un escaparate, de manera que el local se transformó en la primera ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su tienda. Ya no tenía que viajar, porque la ferretería del pueblo vecino le enviaba sus pedidos: era un buen cliente. Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más alejados prefirieron comprar en su ferretería y ahorrar dos días de viaje. Un día, se le ocurrió que su amigo, el tornero, podía fabricar para él las cabezas de los martillos. Y después… ¿Por qué no? También las tenazas, las pinzas y los cinceles. Después vinieron los clavos y los tornillos… Para no alargar demasiado el cuento, te diré que en diez años aquel hombre se convirtió en un millonario fabricante de herramientas, a base de honestidad y trabajo. Y acabó siendo el empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era que, un día, con motivo del inicio del año escolar, decidió donar a su pueblo una escuela. -Además de leer y escribir, allí se enseñarían las artes y los oficios más prácticos de la época, -pensó.
El alcalde organizó una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de homenaje para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y abrazándole le dijo:
-Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos que nos conceda el honor de poner su firma en la primera página del libro de honor de la escuela.
-El honor sería para mí, -dijo el hombre, -pero no se leer ni escribir. Soy analfabeto.
-¿Usted? –dijo el alcalde, que no acababa de creerlo- ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir.
-Yo se lo puedo decir, -respondió el hombre con calma. –Si yo hubiera sabido leer y escribir… ¡sería el portero del prostíbulo!

Jorge Bucay

Zenón de Elea fue uno de los primeros filósofos que intentó demostrar que las sensaciones que percibimos en nuestro mundo son sólo ilusiones, y que no tienen nada de “real”. Llegó hasta el punto de decir que el movimiento no existe, que sólo era una mera ilusión del ser humano. Y para explicar esto que creía, ideó una serie de paradojas, demostradas matemáticamente más tarde que eran erróneas debido al mal concepto del término infinito, pero que resultaban bastante curiosas y desde luego daban lugar a la reflexión.

Aquiles y la tortuga

El gran guerrero Aquiles se dispone a realizar una carrera con una tortuga. ¿Quién ganaría?. Estaba clarísimo que el gran portentoso guerrero se llevaría de largo la victoria ante un animal de naturaleza tan lenta como una tortuga. Pero para dar emoción Aquiles se dispone a dar ventaja al galápago. ¿Seguirá ganando Aquiles?. NO. Al dar la salida Aquiles recorre la distancia que ha dado de ventaja a la tortuga, pero… esta no está¡¡¡. La tortuga ha avanzado mientras Aquiles recorría la distancia que los separaba. De nuevo Aquiles corre para dar alcance al reptil, pero cuando llega a donde estaba no vuelve a estar porque esta ha seguido avanzando mientras él intentaba recuperar el terreno perdido. En definitiva Aquiles al dar ventaja a la tortuga esta siempre estaría por delante y el grandioso guerrero jamás la podría alcanzar por más que quisiera.La piedra de Zenón
Nuestro filósofo Zenón se dispone a lanzar una piedra hacia un árbol que se encuentra a 8 metros de él. Cuando la lanza, esta tiene que recorrer primero la mitad del camino, unos cuatro metros, antes de llegar al árbol, y lo hace en un tiempo finito. Pero cuando llega a estos cuatro metros tiene que volver a recorrer la mitad, unos dos metros, en otro tiempo finito. Nuevamente cuando llega a su destino de la mitad tiene que volver a recorrer la otra mitad que le queda para llegar, es decir, uno, un medio, un cuarto, un octavo…y así infinitamente en tiempos finitos, con lo que la piedra nunca llegaría a alcanzar el árbol¡¡¡

La paradoja de la flecha

En esta paradoja, se lanza una flecha. En cada momento en el tiempo, la flecha está en una posición específica, y si ese momento es lo suficientemente pequeño, la flecha no tiene tiempo para moverse, por lo que está en el reposo durante ese instante. Ahora bien, durante los siguientes periodos de tiempo, la flecha también estará en reposo por el mismo motivo. De modo que la flecha está siempre en reposo: el movimiento es imposible.


  • Ninguna
  • jesusmagana76: Muchas gracias José. Es un honor para mí que una persona de tu talla que ha vivido en sus carnes el lado oscuro de la Iglesia Católica se haya mole
  • José Mantero: Muy lúcido análisis. Saludos.
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